Hospitalidad

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Estanque de Besiberri, Vilaller, Lleida

Nos costó, pero conseguimos organizar una excursión. El trabajo, los ensayos, las responsabilidades nos habían obligado a postergarla una y otra vez. Pero, cuando marcamos una fecha, prometimos no aplazarla por nada.

Un viernes por la tarde, nos lanzamos a la carretera con el maletero lleno de futuras partidas de juegos de mesa, comida para varios atracones y zapatillas deseosas de llenarse de tierra. Hacia la mitad del camino, descubrimos que el viaje sería movido; en el horizonte, una tormenta eléctrica aguardaba nuestra llegada.

Al principio, nos asombramos con cada rayo que veíamos tras el parabrisas pero, al poco, se hizo el silencio dentro del coche cuando una cortina de agua nos tapó la visión. Avanzamos lentamente, acariciando cada curva y respiramos aliviados al leer Vilaller en el cartel al borde de la carretera.

Llegamos con el ánimo húmedo y el estómago vacío. Para nuestra alegría, nos esperaban con la mesa puesta y comida casera. La timidez de las primeras presentaciones se evaporaba al ritmo que los platos se llenaban. Y no penséis que nos moderamos, no. Con el paso de los días, nuestro apetito no hizo más que crecer y alabábamos al cocinero cada vez que repetimos ración. Comida india, fondue, dulce, salado, a todo dijimos que sí.

Nuestros anfitriones no se limitaron a abrirnos las puertas de su casa, sino que nos condujeron a través de los secretos de los Pirineos. De su mano, descubrimos la belleza del estanque de Besiberri y distinguimos el silbido de las nutrias. Juntos también nos agachamos a observar escarabajos peloteros, nos mantuvimos inmóviles en el lago helado para contemplar los peces y levantamos la vista para distinguir a las aves que nos sobrevolaban.

Durante nuestra estancia, nos revelaron la magia del lugar. Ante nuestros ojos, resurgió el Pantocrátor de San Clemente de Taüll en todo su esplendor y sus colores para asombrarnos como a los habitantes del medievo. La magia se abre paso hasta Vilaller, donde hay un puente que sólo pueden cruzar las personas con imaginación y que conduce a un árbol cuyos escalones de piedra y raíces son capaces de convertir los deseos en realidad. ¿Adivináis qué pedí?

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Volver a casa

 

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Cala Macarelleta, Menorca

Dejé Islandia tras haberle dado la vuelta a esa gran isla siguiendo principalmente el trazado de la ring road. Fue en menos tiempo del que recomiendan las guías y los entendidos, pero mis compañeros y yo contábamos en el sol como aliado que, en mayo, nos acompañó durante todo el día y gran parte de la noche y pudimos alargar cada jornada. Así cumplí mi deseo de visitar los fiordos del oeste y, aunque sólo vi una pequeña parte de ellos, sobrepasaron mis expectativas y me regalaron la oportunidad de ver a los frailecillos anidar en los acantilados de Latrabjarg.

Lo abrupto del paisaje de los fiordos, lo salvaje de su naturaleza son capaces de dejar sin palabras a cualquiera. A pesar del clima intempestivo hay quienes, conquistados por tanta belleza, han conseguido vivir allí y han vuelto a la naturaleza a su favor, ya sea para obtener electricidad de las numerosas cascadas o criando ovejas (si es que ellas se dejan criar, pues son de lo más salvajes e imprevisibles).

Poco después, me subí a un avión mientras el sol se resistía a desaparecer por el horizonte al filo de la medianoche. Dejé atrás los días interminables y volví junto al Mediterráneo, recuperando el calor sin abrigo y la sensación de melancolía tras haber vivido una maravillosa experiencia que me regaló nuevas amistades y valiosos recuerdos.

Volver a casa es como retomar un libro que hace tiempo dejaste olvidado en la mesita de noche. Recuerdas el hilo conductor, algunas escenas previas pero, a diferencia de los libros, en tu ausencia los personajes han evolucionado y ahora toca encontrar la motivación para continuar con la historia y descubrir qué papel jugamos en ella. Así que me apliqué en reinsertarme en la narración y, antes de lo esperado, volví a tener una rutina. ¡Ay, la rutina! Esa arma de doble filo que nos proporciona tranquilidad pero nos aburre profundamente.

Dicen que el aburrimiento agudiza el ingenio, así que se me ocurrió escaparme a Menorca entre clase y clase de español a alumnos más interesados en la playa y la fiesta en agosto que en la gramática (y yo los entiendo). Esa isla es un pequeño paraíso de color verde pino, rojo tierra y azul mediterráneo. Cada vez que llegaba a una cala pensaba: “esta es la cala más bonita que he visto”; pero todos los días la superaba la siguiente.

Mi sueño de tener una furgoneta adaptada aún no se ha cumplido, pero un coche de alquiler puede ser un buen sustituto. Tuve una habitación con ruedas que me permitía llegar a primera hora junto al mar para disfrutar de la soledad antes que la marea de sombrillas, palas y cubos acudiera a hacerme compañía. Como Islandia, Menorca también tiene su lado salvaje con caminos escarpados, medusas acechantes y caballos que se lucen bailando sobre las patas traseras en medio del gentío reunido en la plaza mayor de algún pueblo. Gracias, Menorca por hacerme ver que no está tan mal eso de volver.

Echando raíces

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Botas con un largo recorrido convertidas en macetas

Pasan los días y la novedad se desvanece. Hasta el cuerpo se acostumbra a las bajas temperaturas y al viento y se da el lujo, en días soleados, de pasearse con el abrigo abierto. En el barrio y en la universidad, las caras se tornan familiares y se intercambian breves saludos entre vecinos y se comparten distendidas charlas a la hora del café entre redacciones, reflexiones y teorías. Se llega incluso a no levantar la cabeza cuando los cisnes sobrevuelan la ciudad en dirección al lago y se recuerda vagamente que, al principio, una tenía sus dudas antes de meterse en la ducha por el intenso olor a azufre (léase huevo podrido) del agua caliente; olor al que ahora la nariz es indiferente.

Así se llega a la constatación de que, una vez más, se han echado raíces, se han hecho un poco propios los lugares, los paisajes, las costumbres. Se ha construido una rutina que transcurre entre mañanas de estudio, tardes de trabajo en el restaurante y fines de semana regados con cerveza y buena compañía.

Es una sensación linda esa de sentirse como en casa. Lo malo es que, desde el principio, esta experiencia viene con fecha de caducidad. A una, que le gusta viajar, hace como que no le importa pero, en el fondo, un poco de pena sí que le da.

Hielo, auroras y piscinas

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El lago Tjörnin congelado 

La gravedad me tiene un cariño especial y yo me dejo querer. Parece que la torpeza está ligada a mis andares, aunque debo reconocer que yo ayudo a que los traspiés sean casi rutinarios. Pero ojalá todos mis encuentros cercanos con el suelo vayan seguidos de experiencias tan buenas como las de los últimos días.

En menos de una semana he conocido por partida doble la dureza del hielo. Primero fue en plena guerra nocturna de bolas de nieve. El campo de batalla era el lago Tjörnin y el contrincante demasiado ágil para mí. Así que lo único que se me ocurrió para no darme por vencida tan fácilmente fue perseguirlo a la carrera por la superficie congelada. Era fácil suponer que acabaría resbalando, pero me dejé llevar por el furor del fuego cruzado. Aún estaba intentando ponerme de pie, cuando mi contrincante abandonó la lucha para indicarme que mirara al cielo. ¡Mi primera aurora boreal! Durante unos pocos segundos contemplé uno de los motivos que me trajeron hasta Islandia. Su fugacidad verdosa y danzarina la hizo aún más especial.

Mi segundo encuentro con el suelo en el mismo fin de semana tuvo lugar en una de las concurridas piscinas termales al aire libre que abundan en Reykjavík. Sabía que estaba en terreno hostil pero, cuando sólo se lleva el bikini propio de las temperaturas cálidas del Mediterráneo a menos cinco grados bajo cero, una acaba por bajar la guardia y acelerar el paso para sumergirse en las aguas a treinta y ocho grados. Y allí, en el borde de la piscina humeante, me esperaba una vez más el hielo traicionero por el que me deslicé escaleras abajo. Mi espalda se llevó la peor parte y digamos que ahora mismo es digna de protagonizar una sátira sobre la lucha entre DiCaprio y el oso en The Revenant. Sin embargo, el golpe me sirvió para apreciar las propiedades curativas del agua termal, que calmó mis magulladuras y rasguños.

Gracias a cada caída, he descubierto parte de los encantos de este destino. Las luces del norte y el centro social por excelencia de los islandeses bien valen mis tropiezos. Pero espero que no deba pagar siempre un precio tan alto.

Reykjavík: un flechazo

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Nieve a orillas del mar en el puerto de Reykjavík

Ya hace casi dos semanas que vivo en Reykjavík. En este tiempo ha nevado, ha llovido, ha salido el sol, he visto a las calles convertirse en auténticas pistas de patinaje sobre hielo y ahora vuelve a nevar. En esta isla, el tiempo es imprevisible, pero el frío sí que está asegurado. Así que cada mañana me toca cumplir con el ritual de enfundarme en varias capas (algunas térmicas), ponerme el gorro hasta las orejas, abrocharme un abrigo que parece un edredón y calzarme botas impermeables.

Vale la pena invertir quince minutos al día para volverse inmune al frío si al salir a la calle te espera una ciudad llena de color y vida. Quizás no sea la capital Europea con más encanto, pero tiene un punto rebelde muy atractivo. Un ejemplo es la calle comercial principal, Laugavegur, un curioso entramado de tiendas de souvenirs, tiendas de diseño y bares con happy hour. Cada una de sus esquinas sirve de lienzo para los graffiteros, que no dudan en plasmar su arte con reminiscencias vikingas.

Reykjavík consiguió robarme el corazón en pocas horas y en los escasos días que llevo aquí me ha demostrado que soy una entusiasta incurable. Celebro cualquier pequeña novedad e incluso se me escapa la risa si el viento sopla fuerte. Ya lo dice el refrán: al mal tiempo buena cara. Que se prepare esta ciudad, que le tengo unas cuantas sonrisas reservadas.

Rumbo al sur

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Vaca paseando por la playa de Vagator, Goa.

Sube a un avión, toma un bus, no pierdas el tren, encuentra un coche… Usa cualquier medio, pero pon rumbo al sur. De verdad, vale la pena. Teníamos pensado ese destino desde antes de llegar a India aunque prácticamente desconocía todo lo que tenía para ofrecer. Ahora solo pienso en el día en que pueda volver.

Doce días que han dado mucho de sí y que empezaron con una maravillosa visita a la Fundación Vicente Ferrer en Anantapur, Andhra Pradesh. Acudimos como visitantes y me fui de allí queriendo regresar como voluntaria. El trabajo que indios y españoles realizan conjuntamente produce cambios en las vidas de las personas que más lo necesitan y generan una onda expansiva en sus comunidades. Construir embalses y cocinas de biogás o promover la educación inclusiva y la formación continua de profesionales son solo algunas de los proyectos que consiguen empoderar a la sociedad y que mejoran el medio ambiente.

Fuimos tan bien recibidas que no nos queríamos ir, pero las despedidas forman parte del viaje y seguimos nuestra ruta hasta Hampi, la ciudad de la victoria. Como todo gran imperio, de esta ciudad donde los bazares rebozaban de oro y piedras preciosas sólo quedan los vestigios. Pero aquí es donde entra en juego la imaginación y, entre las ruinas, fuimos capaces de reconstruir templos y palacios. Pedaleamos a lo largo de plantaciones de palmeras y plátanos y descubrimos una estatua de Ganesh de seis metros esculpida en una sola piedra, antiguos tanques de agua que preservan su belleza y residencias reales con piscina incluida. Un maravilloso atardecer (después de cuatro meses sin llegar a ver uno por la polución) puso el broche de oro a nuestra visita.

Y de Hampi a Goa, tierra de hippies, playa y fiesta. Tras viajar toda la noche en un sleeper bus, nuestros cuerpos no estaban para mucho ajetreo, así que dejamos pasar los días tumbadas al sol, zambulléndonos en el mar Arábigo y bebiendo leche de coco.  No creáis que éramos las únicas afortunadas en disfrutar del paisaje, las vacas nos hacían compañía y algún que otro curioso también, dicho sea de paso.

Los días de relax tocaban a su fin pero nos quedaba una última parada. No podíamos regresar al norte sin pasar por Mumbai, la gran capital económica de la India. Imposible abarcarla toda, así que nos dedicamos a deambular por Colaba y a asombrarnos con la herencia británica y lo ordenado de sus calles, si se la compara con Delhi. Allí nos quedaba un último tesoro por descubrir: Elephanta. A una hora en ferry se encuentra esta isla que alberga templos excavados en cuevas. La perseverancia y la creatividad humana convirtieron la roca en columnas cinceladas y relieves de dioses, dvarapalis, ángeles y demonios. La cueva principal es un templo dedicado a Shiva que contiene un impresionante relieve del dios que representa sus lados destructor, creador y preservador.

Con las mochilas llenas de recuerdos, nos subimos a nuestro último tren indio. Veinticuatro horas nos separaban de Delhi y del limbo que hay entre el regreso a casa y los meses vividos en esta ciudad. Se cierra una etapa y empiezan a vislumbrarse nuevas aventuras. ¡Allá voy!

Nepal siempre te devuelve una sonrisa

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Niña en Durbar Square, Kathmandu, Nepal

Apuntalado o agrietado, Nepal siempre te devuelve una sonrisa. Este país, acostumbrado a los seísmos, ha aprendido a resurgir de los escombros una y otra vez y ningún cataclismo parece hacer mella en el temperamento tranquilo y en la hospitalidad de sus habitantes.

Diez días saben  a poco cuando te sientes tan bien recibido. Deseas tener más horas para caminar por el valle de Kathmandu, aunque te hayas desviado de la ruta y hayas recorrido unos cuantos kilómetros de más. Deseas tener más horas para perderte en Bandipur, un pequeño pueblo en medio de la montaña donde toda la vida y la buena comida se concentran en una sola calle. Deseas detener el tiempo cuando, desde una barca en el lago Phewa, ves disiparse la niebla matutina y Pokhara te enseña al Annapurna recién amanecido.

Aquí, para tener emociones fuertes, no hace falta hacer un trekking hasta el campo base del Everest. Basta con que tengas que viajar en autobús y el único espacio libre sea el portamaletas del techo. Dependiendo de lo intrépido que seas y de lo mucho que disfrutes con las aventuras y el aire fresco, puedes hacer un recorrido urbano o un viaje de cinco horas por una carretera de montaña.

Si miras con atención, en Nepal descubrirás círculos en todas partes. Están en los mándalas, en las peregrinaciones alrededor de una estupa budista, en los movimientos de la antorcha durante las incineraciones en Pashupatinath. Me gusta pensar que simbolizan ciclos. Con cada círculo que se cierra se inicia una nueva oportunidad para empezar de nuevo, tal y como hace Nepal cada vez que la tierra tiembla bajo sus pies.